Salimos a jugar antes de la cena
En agosto de 1985, dos niños de Darndale, un barrio de Dublín, salieron de casa y terminaron al otro lado del Atlántico.
Keith Byrne tenía diez años. Noel Murray, trece.
No llevaban pasaportes, billetes ni un verdadero plan. Tenían unas pocas monedas, una enorme confianza en que conseguirían seguir avanzando y una ilusión muy concreta: Keith quería viajar a Estados Unidos para conocer a B. A. Baracus, el personaje de The A-Team interpretado por Mr. T.
Subieron sin pagar a distintos medios de transporte, atravesaron Irlanda y Gran Bretaña y consiguieron colarse en un vuelo de Air India desde Londres hasta Nueva York. Solo fueron descubiertos después de aterrizar, cuando preguntaron a un policía cómo podían llegar a Manhattan.
La historia dio la vuelta al mundo, puso en evidencia graves fallos de seguridad y décadas después fue recuperada en el documental Nothing to Declare.
Es una aventura extraordinaria, aunque evidentemente no sea una aventura que debamos animar a ningún niño a repetir.
Pero este relato no habla solamente de ferris, trenes, aviones ni controles burlados.
Habla de la infancia.
El mundo antes de convertirse en mapa
Para un adulto, Dublín, Londres y Nueva York son lugares unidos por distancias, fronteras, horarios, documentos y costes.
Para aquellos dos niños eran, sobre todo, puntos de una aventura posible.
La infancia contempla el mundo antes de que este quede completamente organizado por la prudencia adulta. No desconoce todos los límites, pero todavía es capaz de imaginar que pueden atravesarse.
Hay algo poderoso —y también peligroso— en esa mirada. Una sensación de que el mundo no está terminado, de que todavía contiene puertas que podrían abrirse, recorridos que nadie ha previsto y lugares donde quizá nos espera algo importante.
Keith y Noel llevaron ese impulso hasta un extremo excepcional. Sin embargo, el deseo que los puso en movimiento no resulta extraño.
Es el deseo de libertad.
De ser vistos.
De ir más allá de los límites conocidos.
De comprobar que el mundo es mayor que nuestro barrio y que también puede contenernos a nosotros.
Los niños no han dejado de explorar
Es fácil observar una historia como esta desde la nostalgia y concluir que los niños de antes eran aventureros mientras que los actuales permanecen encerrados frente a una pantalla.
Pero sería una lectura demasiado simple.
Los niños no han dejado de explorar.
Ha cambiado parte del territorio.
Hoy construyen mundos en Minecraft, diseñan experiencias en Roblox, aprenden a programar, crean vídeos, inventan personajes y participan en comunidades donde encuentran a otras personas con sus mismas aficiones.
Imaginan viajes a Marte, conocen acontecimientos que ocurren a miles de kilómetros y conviven con tecnologías que para generaciones anteriores habrían parecido ciencia ficción.
Muchas de estas actividades contienen juego, curiosidad, experimentación, vínculo y creación real.
Las herramientas cambian.
La imaginación no.
Tampoco desaparece el deseo de descubrir, crear, compartir y formar parte de algo mayor.
Lo digital no puede proporcionar toda la aventura
Reconocer el valor creativo de los entornos digitales no significa pensar que pueden ofrecerlo todo.
La infancia también necesita materia.
Necesita caminar, tocar, construir, ensuciarse, negociar reglas, observar detalles, equivocarse sin que exista un botón para reiniciar y descubrir cómo se siente el tiempo cuando nadie lo ha programado por completo.
Necesita conversaciones que no persigan un resultado, juegos que nadie haya diseñado antes, paseos sin una utilidad evidente y pequeños acontecimientos que adquieran importancia porque se vivieron juntos.
Las pantallas pueden ampliar el mundo.
Pero no deberían convertirse en el único lugar donde el mundo ocurre.
Las vacaciones como territorio disponible
Quizá por eso las vacaciones tienen un valor tan especial para una Creative Family.
No porque cada día deba convertirse en una aventura espectacular. Tampoco porque sea necesario viajar lejos o llenar el calendario de actividades.
Su verdadero valor puede ser mucho más sencillo: ofrecen tiempo disponible.
Tiempo para hablar sin demasiada prisa.
Para jugar juntos.
Para cambiar de plan.
Para aburrirse lo suficiente como para empezar a inventar.
Para descubrir una calle, preparar una comida, construir algo con materiales imperfectos, mirar las estrellas o convertir un trayecto pequeño en una expedición familiar.
La creatividad no se alimenta solamente de estímulos extraordinarios. También crece con experiencias ordinarias a las que pudimos prestar verdadera atención.
No llenemos cada minuto
A veces los adultos intentamos ofrecer una infancia memorable organizándolo todo.
Campamentos, excursiones, visitas, talleres, planes.
Lo hacemos con amor, pero corremos el riesgo de convertir el descanso en otra agenda que debe cumplirse.
Un tiempo completamente ocupado deja poco espacio para la iniciativa infantil.
Para que alguien proponga algo.
Para que una conversación cambie el rumbo de la tarde.
Para que aparezca un juego sin instrucciones.
Para que una pequeña aventura encuentre dónde comenzar.
La libertad infantil no exige ausencia de cuidados ni desaparición de los límites. Necesita un marco seguro dentro del cual exista margen para elegir, explorar y participar en la construcción de la experiencia.
No se trata de dejar que los niños suban clandestinamente a un avión.
Se trata de no diseñar cada centímetro de su mundo.
Lo que recordarán
Dentro de unos años, probablemente nuestros hijos no recuerden cuántas horas pasaron ante una pantalla ni cuántas actividades completaron durante un verano.
Pero quizá recuerden aquella conversación durante un paseo.
El juego improvisado que terminó ocupando toda la tarde.
La excursión que salió mal y se volvió divertida.
Una noche mirando estrellas.
La vez que ayudaron a decidir el recorrido.
O unas vacaciones en las que, por un momento, sintieron que el tiempo también les pertenecía.
Los recuerdos son uno de los materiales favoritos de la creatividad.
Más adelante podrán transformarse en historias, ideas, asociaciones, deseos, proyectos y maneras personales de mirar el mundo.
Por eso, este verano, no intentemos solamente mantener ocupados a los niños.
Démosles algo de libertad para explorar.
Tiempo para jugar.
Y experiencias compartidas capaces de agrandar su mundo sin necesidad de cruzar clandestinamente ningún océano.
Que disfrutéis del descanso, de la aventura y, sobre todo, de vuestra familia.
Un lúdico abrazo,
Clody, Lady Play en ByBa