La ciudad abierta al juego
La ciudad creativa no es la que proporciona más cosas para hacer, sino la que deja más cosas por decidir
Cuando un espacio queda abierto, el juego encuentra su forma.
Cuando yo era pequeña vivía en un barrio de Buenos Aires llamado Recoleta. Allí, sobre una de sus avenidas, Coronel Díaz, había funcionado antiguamente una fábrica de cerveza muy conocida en mi país: Quilmes.
La fábrica llevaba mucho tiempo cerrada y finalmente todo el predio se vendió para construir un gran centro comercial. Para hacer los cimientos de semejante obra cerraron durante un tiempo ese tramo de la avenida y cavaron un pozo gigantesco.
Y ocurrió algo inesperado.
Los niños del barrio empezaron a utilizarlo para jugar al fútbol.
No había juegos. No había césped. No había porterías. No había prácticamente nada más que tierra. Pero para aquellos niños que vivían mayoritariamente en departamentos, ese enorme espacio vacío fue la gloria. Sumó nuevas amistades, inventó partidos, creó encuentros y, durante unos cuantos meses, se convirtió en un pequeño paraíso.
Quizá por eso me interesa tanto una pregunta: ¿cuánto necesita realmente un espacio para despertar el juego?
No siempre hace falta diseñarlo todo. No siempre hace falta llenar un lugar de objetos, indicaciones, colores, funciones o actividades. A veces, lo que un espacio necesita para volverse creativo es exactamente lo contrario: no estar completamente decidido.
Para ByBa, esta idea es fundamental. La creatividad aparece cuando una persona puede intervenir en lo disponible, leer una posibilidad donde otros solo ven vacío, transformar una condición en una escena nueva. Y los niños hacen eso de forma natural cuando encuentran un margen para decidir.
Ese enorme pozo de tierra en Buenos Aires no había sido pensado como parque, pero durante un tiempo funcionó como algo quizá más poderoso: un espacio abierto donde el juego podía inventarse a sí mismo.
¿Cuánto necesita un espacio para despertar el juego?
Esta historia me llevó a bucear en algunos casos fascinantes de ciudades que, de manera intencionada, fueron repensadas para ser más lúdicas, creativas y habitables.
Y vamos a recorrerlas, una por una.
Hoy comenzamos con Aldo van Eyck y Ámsterdam.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el arquitecto neerlandés Aldo van Eyck comenzó a diseñar pequeños parques infantiles aprovechando solares vacíos y rincones urbanos. En colaboración con el Departamento de Obras Públicas de Ámsterdam, desarrolló desde 1947 una red de playgrounds que acabó superando los 700 espacios de juego en la ciudad. Muchos de ellos aparecieron precisamente en lugares residuales: parcelas vacías, esquinas, huecos urbanos o zonas que habían quedado sin una función clara.
Pero había algo particular en ellos.
Van Eyck no llenaba los parques de juguetes que explicaran a los niños cómo debían jugar. Utilizaba areneros, estructuras geométricas, barras, piedras, elementos de hormigón y formas abstractas que podían convertirse imaginariamente en muchas cosas. Una estructura podía ser una montaña, una casa, un castillo, un escondite o algo que todavía no tenía nombre.
El espacio proponía. El niño decidía.
Esa diferencia es enorme. Un columpio o un tobogán sugieren usos muy concretos. En cambio, las formas abstractas de Van Eyck invitaban a explorar distintas posibilidades de acción: trepar, atravesar, esconderse, equilibrarse, reunirse, imaginar, inventar reglas, transformar una geometría simple en una historia propia.
No se trataba solo de poner juegos en la ciudad. Se trataba de devolver a los niños una presencia dentro de ella.
El niño también pertenece a la ciudad
La manera de entender la ciudad de Van Eyck partía de una idea extraordinariamente sencilla: el niño debía formar parte de ella, no quedar relegado a espacios infantiles cerrados, aislados y perfectamente delimitados.
Esto también es una forma de pensamiento creativo aplicado al urbanismo. Una ciudad puede tratar a la infancia como algo que hay que contener, separar o entretener en zonas específicas. O puede reconocer que los niños también son habitantes, que también leen el espacio, que también necesitan apropiarse de lugares, trayectos, rincones, bordes y plazas.
Cuando una ciudad deja espacios abiertos al juego, no solo ofrece entretenimiento. Ofrece ciudadanía temprana. Le dice al niño: tú también puedes estar aquí; este lugar no está completamente decidido sin ti.
Quizá aquellos niños jugando al fútbol en un enorme pozo de tierra en Buenos Aires y los niños de Van Eyck jugando entre formas abstractas en Ámsterdam tenían algo en común: alguien había dejado un espacio sin terminar de decidir qué debía suceder allí.
En Buenos Aires fue un accidente urbano, una pausa entre una fábrica cerrada y un centro comercial en construcción. En Ámsterdam fue una decisión de diseño, una forma de reconstruir la ciudad desde sus vacíos. Pero en ambos casos apareció la misma posibilidad: cuando un espacio no está del todo cerrado, los niños pueden convertirlo en juego.
Menos programa, más posibilidad
La ciudad creativa no es necesariamente la que proporciona más cosas para hacer, sino la que deja más cosas por decidir.
Esta idea puede cambiar nuestra manera de mirar parques, plazas, escuelas, bibliotecas, casas y barrios. Muchas veces creemos que un espacio infantil es mejor cuanto más equipado está. Pero la infancia no siempre necesita un catálogo completo de actividades. Necesita también zonas de ambigüedad, materiales abiertos, rincones apropiables y lugares donde la imaginación no reciba todas las instrucciones de antemano.
Un espacio demasiado programado puede ser cómodo, seguro y atractivo, pero también puede reducir la agencia del niño. Le dice qué hacer, dónde hacerlo, cómo usar cada elemento y qué tipo de experiencia se espera. En cambio, un espacio abierto le hace otra pregunta: ¿qué puedes inventar aquí?
Ahí aparece la creatividad. No como decoración añadida al final, sino como una relación activa entre el niño y el mundo. El niño observa, interpreta, prueba, negocia con otros, inventa reglas, resuelve conflictos, transforma funciones y descubre que un lugar puede ser más de una cosa.
Quizá una ciudad más creativa no sea una ciudad que entretiene más, sino una ciudad que confía más.
Confía en que los niños pueden leer posibilidades. Confía en que el juego no siempre debe venir diseñado por completo. Confía en que, a veces, un poco de tierra, un hueco, una forma abstracta o una esquina disponible pueden despertar más creatividad que una instalación perfectamente explicada.
No todo vacío es ausencia.
A veces, un vacío es una invitación.
Y si una ciudad aprende a dejar algunas cosas por decidir, tal vez también esté aprendiendo a educar creatividad.
Con Amor,
Clody, Lady Play en ByBa