Londres Lúdica
Cuando jugar también significó reconstruir
La semana pasada viajamos a Ámsterdam para descubrir los parques de Aldo van Eyck. Espacios sencillos, abiertos, que no le decían al niño exactamente qué tenía que hacer. Allí veíamos una idea fundamental: una ciudad creativa no es necesariamente la que ofrece más cosas para hacer, sino la que deja más cosas por decidir.
Hoy cruzamos el Canal de la Mancha y llegamos al Londres de la posguerra, donde la historia comienza de una manera bastante menos amable.
Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de bombas cayeron sobre Londres. Cuando terminó la guerra, la ciudad estaba llena de huecos: edificios destruidos, solares vacíos, montañas de escombros y terrenos que tardarían años en reconstruirse.
Y ocurrió algo curioso.
Los niños empezaron a jugar allí.
Donde los adultos veían ruinas, ellos encontraban desniveles, escondites, materiales, lugares donde construir refugios y territorios que podían transformar. Muchos niños londinenses no tenían jardín y estaban acostumbrados a jugar en la calle. Aquellos terrenos destruidos se convirtieron, pese a sus peligros, en nuevos espacios de exploración.
Y una mujer supo mirar aquello de una manera diferente.
Lady Allen y otra forma de mirar las ruinas
Se llamaba Marjory Allen, Lady Allen of Hurtwood. Era paisajista y una incansable defensora de los espacios de juego infantil.
Lady Allen había conocido en Dinamarca una experiencia radical impulsada por el paisajista Carl Theodor Sørensen. En 1943 se había abierto en Emdrup, Copenhague, un junk playground: un espacio donde los niños podían jugar con tablas, neumáticos, muebles viejos y otros materiales baratos que podían mover, combinar, construir y destruir. Lady Allen visitó Emdrup en 1946 y difundió la idea en Gran Bretaña con una pregunta que conectaba directamente con el paisaje londinense de la posguerra: ¿por qué no usar nuestros solares bombardeados así?
La idea era sorprendentemente sencilla: el parque no tenía que estar terminado. Podían terminarlo los niños.
Lady Allen llevó aquella filosofía a Gran Bretaña. Y los solares bombardeados de Londres ofrecían un escenario extraordinario para ponerla en práctica.
En lugar de instalar únicamente columpios, toboganes y estructuras con una función determinada, estos nuevos espacios ofrecían arena, ladrillos, tuberías, tablas, herramientas y objetos encontrados. Había adultos acompañando el juego, los futuros playworkers, pero no organizándolo constantemente.
El niño podía construir una cabaña, desmontarla, hacer un puente, inventar una tienda, cavar, equivocarse y volver a empezar.
Desde ByBa, esta diferencia es enorme. No se trata solo de ofrecer un espacio para jugar, sino de permitir que el niño participe en la creación misma del espacio. El juego no sucede dentro de una escenografía terminada; el juego transforma la escenografía. La creatividad no aparece después del diseño, como un uso previsto por el adulto, sino durante la construcción, la modificación, la prueba y el error.
Lollard Adventure Playground
Uno de aquellos primeros lugares fue Lollard Adventure Playground, en Lambeth, abierto en 1954 sobre el terreno de la antigua Lollard Street School, que había sido destruida por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Allí podían encontrarse arena, tuberías, herramientas y ladrillos viejos, y el espacio podía reunir a unos cincuenta niños de edades muy diferentes.
La imagen es poderosa porque condensa una transformación cultural. Un lugar marcado por la destrucción se convierte en un lugar donde los niños pueden construir. Un terreno que los adultos podrían haber visto solo como resto, pérdida o espera, empieza a funcionar como territorio de ensayo, autonomía y juego.
Esto no significa romantizar la guerra, las ruinas o el peligro. Significa reconocer que hubo una mirada capaz de detectar, en medio de una ciudad herida, una necesidad infantil que seguía viva: la necesidad de explorar, manipular, transformar, ensayar capacidades y apropiarse del mundo.
Para un adulto, un ladrillo viejo puede ser escombro. Para un niño, dentro de un contexto cuidado, puede ser el comienzo de una pared, una tienda, una frontera, una cocina, un castillo o una solución que todavía no tiene nombre.
Ese paso de escombro a posibilidad es profundamente creativo.
Ámsterdam y Londres se hacían la misma pregunta
Van Eyck y Lady Allen trabajaban prácticamente en paralelo y desde ciudades profundamente marcadas por la guerra. Pero sus respuestas fueron distintas.
En Ámsterdam, Van Eyck construía estructuras sencillas que podían convertirse imaginariamente en muchas cosas.
En Londres, Lady Allen defendía lugares donde incluso la estructura podía ser construida por el niño.
Uno dejaba abierta la interpretación. La otra dejaba abierta también la transformación.
Y quizás ahí aparezca una de las ideas más interesantes de esta historia: un espacio creativo no es necesariamente el que ofrece más cosas al niño. Es el que deja más cosas sin decidir.
Esto contradice bastante nuestra tendencia actual a terminarlo todo antes de que llegue el niño. Compramos la casita que ya parece una casa, el castillo que ya parece un castillo, la cocina que ya parece una cocina. El objeto llega con una identidad cerrada, una función prevista y una historia casi escrita.
Los adventure playgrounds proponían otra cosa. No decían: “aquí tienes una casa para jugar a la casa”. Decían, de manera mucho más abierta: “aquí hay materiales; ¿qué podría existir aquí?”.
La diferencia parece pequeña, pero cambia la posición del niño. Ya no es solamente usuario de un diseño adulto, sino autor parcial de su entorno. No solo entra en un juego, sino que participa en la creación de las condiciones del juego.
Jugar también puede ser reconstruir
Por eso Londres añade algo fundamental a la conversación que abrimos con Ámsterdam.
En Van Eyck, el niño interpreta. Una forma abstracta puede ser muchas cosas.
En Lady Allen, el niño transforma. Un material disponible puede convertirse en algo que antes no estaba.
Ambas operaciones son profundamente creativas. Interpretar abre sentido; transformar modifica el mundo. Y la infancia necesita las dos: espacios que no le digan exactamente qué imaginar y materiales que no le digan exactamente qué construir.
Desde ByBa, nos interesa especialmente esta dimensión: la creatividad no es solo tener ideas en la cabeza. Es la capacidad de intervenir en una situación, reorganizar lo disponible y producir una forma nueva a partir de condiciones imperfectas.
Jugar con restos, tablas, arena o ladrillos no es simplemente entretenerse. Es aprender que el mundo puede ser modificado. Que algo que estaba roto puede reorganizarse. Que una solución puede ensayarse con las manos. Que una construcción puede caerse y volver a levantarse de otra manera.
Un pequeño experimento para casa
Desde ByBa, proponemos probar esta semana una versión doméstica y segura de esta idea: dejar a los niños algunos materiales cuyo destino todavía no esté decidido y resistir durante un rato una de las mayores tentaciones del adulto: explicarles qué podrían hacer con ellos.
Puede ser cartón, cuerda, telas, pinzas, cajas, tubos, piezas de madera, piedras, hojas, envases limpios o cualquier material adecuado a su edad y seguro para manipular. La clave no está en la cantidad ni en la sofisticación del material, sino en que no llegue con una respuesta cerrada.
No hace falta decir “construid una casa” o “haced un puente”. Puede bastar con preguntar: “¿qué podría ser esto?”.
Y después, observar.
Quizás el legado de Lady Allen no sea enseñarnos a construir mejores parques. Quizás sea recordarnos algo mucho más sencillo: que los niños también necesitan lugares y momentos que los adultos todavía no hayan terminado.
Porque cuando dejamos algo sin decidir, no estamos dejando un vacío.
Estamos dejando espacio para que aparezca una posibilidad.
Clody, Lady Play @ ByBa