Sentirse diferente
No recuerdo haber querido ser creativo
No recuerdo haber querido ser creativo.
Recuerdo, en cambio, haberme sentido siempre diferente.
Mucho antes de pensar en hacer algo, en producir algo, en “ser” algo, ya estaba ahí esa sensación difícil de nombrar: no pertenecer del todo, no coincidir exactamente, no estar en el mismo lugar que los demás aunque compartiera el mismo espacio.
Primero sentí las cosas de formas propias.
Luego empecé a pensarlas desde esa experiencia.
Más tarde sufrí no pertenecer.
Y, con el tiempo, hice de esa diferencia una forma de felicidad.
El primer encuentro con el mundo
Conocí a la sociedad en marzo de 1974, cuando entré a jardín de infantes.
Antes de eso, a la única gente que conocía, prácticamente, era mi familia. Siempre habían estado ahí, y de alguna manera sabía todo sobre ellos, sabía qué pensaban, qué podían hacer luego.
Pero ese primer contacto con lo desconocido, con personas que no eran “los de siempre”, cambió muchas cosas.
Recuerdo haber sentido, con una claridad que no podría haber explicado entonces, que no era como ellos (mucho más tarde comprendí que ninguno era como el que tenía al lado, no solo yo).
Que me interesaban cosas que a ellos no.
Y que ellos disfrutaban cosas que a mí no me decían nada.
Hoy, más de cincuenta años después, algunos de esos niños siguen siendo mis amigos.
Pero en ese momento, lo que se instaló en mí no fue lo que compartíamos:
fue la diferencia.
Cuando la diferencia duele
Y la diferencia, cuando no se entiende, duele.
Porque la diferencia no es algo absoluto.
Es siempre relativa. Uno es diferente en relación a otro, a un grupo, a un contexto.
Y cuando esa diferencia implica no integrarse, no ser elegido para jugar, no ser entendido, no ser tenido en cuenta porque uno está “fuera de lo común”, entonces deja de ser una simple característica y se convierte en experiencia.
Y esa experiencia, muchas veces, se sufre.
La puerta invisible
Sin embargo, simultáneamente, ahí nomás, había una puerta.
Sin reflexión, sin teoría, sin ningún tipo de elaboración consciente —tenía cinco años— interpreté esa diferencia como una ventaja.
No sé de dónde vino esa lectura.
Pero fue así.
Ser distinto significaba, de algún modo, ser yo.
Y ser yo implicaba algo que nadie más podía ser.
Ese fue, creo hoy, mi primer acto creativo.
No hice nada visible.
No produje nada.
No construí nada.
Pero empecé a construirme.
A desarrollar, a cuidar, a hacer crecer eso que me hacía distinto.
Antes de crear, crearse
Con el tiempo entendí que esto le sucede, de una u otra forma, a todas las personas que luego llamamos creativas.
Mucho antes de hacer algo,
se hacen a sí mismas.
Y hacerse a uno mismo implica, inevitablemente:
- hacerse distinto
- ver distinto
- sentir distinto
Esto, por supuesto, no significa ser mejor.
Jamás se trata de eso.
Se trata simplemente de ser.
Pero ese ser, cuando no coincide con lo esperado, cuando no encaja con lo común, cuando significa ser aparte, puede doler profundamente.
Vivir traducido
Durante muchos años viví esa sensación de estar “afuera”.
Sigo viviéndola.
De observar los grupos desde una distancia difícil de explicar.
De sentir que tenía que traducirme constantemente:
lo que pensaba, lo que sentía, lo que decía.
Como si mi naturaleza estuviera escrita en otra lengua.
Como si, para ser entendido, tuviera que adaptarla, simplificarla o incluso ocultarla.
Y eso cansa.
Y eso duele.
El giro
Con el tiempo empecé a encontrar placer en esa diferencia.
En el contraste.
En ser, como se dice, “sapo de otro pozo”.
No porque dejara de doler del todo —ese malestar no desaparece nunca—,
sino porque empezó a convivir con otra cosa:
una forma de libertad.
Porque hay algo profundamente natural en sentirse parte.
Y cuando eso no ocurre de forma continua, queda siempre un resto, una incomodidad que vuelve de tanto en tanto.
A mí todavía me pasa.
Pero también me pasa otra cosa.
Nombrarse creativo
Mucho después, me vi y me pensé como creativo.
Ese rol me dio una forma de presentarme ante los demás.
Una forma de ser reconocido socialmente (en el sentido de ser percibido, no de ser famoso).
No porque me explicara quién soy —eso nunca lo necesité—,
sino porque me permitió canalizar esa diferencia.
Hoy trabajo en ByBa.
Y muchas veces pienso que es como si hubiera ido a un sastre y le hubiera pedido que me diseñara un trabajo a medida.
Un lugar donde esa diferencia no solo tiene sentido,
sino que es la materia prima.
La semilla
Por eso, mirando hacia atrás, creo algo que no habría podido decir en ese jardín de infantes:
La diferencia es la primera semilla de la creatividad.
No algo técnico.
No algo que se estudie.
No algo que se aprenda como se aprende a tocar el piano.
Sino algo mucho más íntimo:
la experiencia de no ser como los demás.
De maldición a recurso
Y muchas veces eso se siente como una maldición.
“¿Por qué soy así?”
“¿Por qué no puedo ser como los demás?”
Pero con el tiempo —si uno logra sostenerlo, habitarlo, cultivarlo—
se transforma en algo extremadamente valioso.
Porque permite algo que no tiene reemplazo:
ser, sin sombra de duda, uno mismo.
Y desde ahí,
todo lo demás.
Blithe Ernst