Amamos el cambio. Odiamos el cambio.
Ambas cosas son ciertas al mismo tiempo, y la contradicción no es poética: es biológica, cognitiva y profundamente humana.
Para entenderlo, contemos una pequeña historia.
Dentro de nuestro cuerpo hay un órgano que cree destacar por encima de todos los demás. No es casualidad que sea, precisamente, el órgano encargado de crear creencias: el cerebro.
El cerebro se ve a sí mismo como una especie de príncipe. Sospecha que la reina Naturaleza lo ama de forma especial, que le perdona excesos, obsesiones e incluso ideas destructivas solo por ser su hijo predilecto.
Todo lo importante llega primero al cerebro.
La mayor cantidad de glucosa es para él.
Si el oxígeno escaseara, la última gota también sería para él.
Cuando aparece una idea genial, se le celebra a él.
Incluso frente a una obra de arte maravillosa, el cerebro parece más presente que las manos que la hicieron, más visible que el cuerpo que sostuvo el esfuerzo, más reconocido que la respiración que marcó el ritmo.
En el fondo, el cerebro sospecha que el resto del cuerpo lo mira con recelo.
El dolor se siente como sabotaje.
El cansancio, como conspiración.
Si algo duele, el cerebro no puede pensar.
Si el cuerpo protesta, el cerebro no puede dormir.
Imagina a los músculos quejándose: trabajamos más que tú.
Imagina a la piel murmurando: soy yo la que transpira.
El cerebro tiene complejo de gasto.
Consume mucho.
Sabe que consume mucho.
Y percibe una vigilancia silenciosa del resto del cuerpo, controlando sus excesos.
Aquí aparece la paradoja.
El cerebro ama el cambio.
Es plástico, adaptable, curioso por naturaleza.
Lo habitual lo aburre rápidamente.
Cuando todo se vuelve predecible, busca la novedad.
Pero el cambio es caro.
La novedad exige más procesamiento.
Más piezas que encajar.
Más incertidumbre que tolerar.
Más glucosa que quemar.
Y entonces el cerebro duda.
Esta tensión —entre deseo y coste— lo obliga a negociar.
Cuando la novedad se vuelve demasiado cara, el cerebro elige patrones.
Repetición.
Lo conocido.
Ahí es donde la paradoja se convierte en conducta.
Decimos que amamos el cambio, pero defendemos lo familiar.
Celebramos la innovación, pero nos aferramos a los hábitos.
Valoramos la creatividad, pero resistimos la diferencia.
No es hipocresía.
Es contabilidad.
Desde el punto de vista del cerebro, el conservadurismo no es ideología: es gestión de recursos.
Para quienes crean, esto es clave.
Porque la resistencia al cambio no es un fallo moral ni una falta de imaginación.
Es una respuesta al estrés.
Y quizá nuestra tarea no sea luchar contra el cerebro, sino educarlo.
Convencerlo, con paciencia, de dos cosas:
Primero: no eres un príncipe genial y solitario.
Las ideas no nacen en aislamiento.
Se generan con todo el ser: movimiento, emoción, memoria, sensación, ritmo, respiración.
Segundo: la novedad no tiene por qué ser traumática.
El cambio no necesita llegar como amenaza.
La diferencia no tiene por qué sentirse como peligro.
Cuando reducimos el estrés de lo nuevo,
cuando suavizamos el coste de prestar atención,
cuando permitimos una exposición gradual a la diferencia,
el cerebro se relaja.
Y cuando el cerebro se relaja, reaparece la curiosidad.
No como presión.
No como obligación.
Sino como deseo.
Amamos el cambio.
Odiamos el cambio.
Y tal vez aprender a crear sea, simplemente, el arte de ayudar al cerebro a dejar de sentirse culpable por querer ambas cosas.